Pandemia mundial y Universidades: de la crisis a la transformación.

Es innegable que entre los muchos temas de los que, a raíz de la readaptación que debimos enfrentar como consecuencia de la Pandemia, no sólo se hablado a gran profundidad, sino que además constituyen ya una inminente realidad, la necesidad de transformar la educación, en todos los sentidos, encabeza la lista.

Decía Nelson Mandela que “la educación es el arma más poderosa que podemos usar para cambiar el mundo”. Desde luego esta es una máxima que encierra una gran sabiduría, pero en estos momentos pareciera que no somos nosotros de quienes ha surgido la necesidad de transformarlo todo, sino que el mundo mismo (con esta crisis sanitaria que nos “agarró en curva”, con el caos político y social que se ve en todas partes, con el despertar espiritual de la nuevas generaciones) es el que está reclamando esa transformación.

La educación universitaria: 

¿En el ojo del huracán o en el mejor momento para “reinventarse?

No es aventurado señalar que dentro del ámbito educativo, el sector más afectado antes, durante y casi con toda seguridad, después de la pandemia, es el de la educación superior. 

A nivel mundial, la mayoría de las Universidades ofrecen “completar” el último nivel de la vida académica de los alumnos con total excelencia, la especialización, la garantía en papel de que hemos logrado “llegar a ser alguien” o la firme promesa de que al salir de ahí, se está completamente preparado para enfrentar la vida. Pero… 

¿No es verdad que de entre todos los sectores educativos, el que menos adaptación, transformación o evolución ha tenido en los últimos siglos, es justamente el universitario?… 

¿Qué pasa cuando esa educación se centra sólo en conseguir un título que “avale” la obtención de datos y más datos, el dominio de temas académicos diversos o el haber cubierto la totalidad de créditos de planes obsoletos, y no en desarrollar las innumerables habilidades, capacidades y competencias que se requieren hoy en día?… 

¿En qué sitio de esta manera de educar hay cabida para pensar en la “calidad de vida” de los estudiantes”?… 

Y, lo que al sector privado se refiere… ¿cuántos jóvenes brillantes, talentosos, capaces y con grandes deseos de transformarse y transformar el mundo, tienen realmente los recursos para poder solventar su educación?

No es cuestión de encontrar el hilo negro sino de convertir la crisis en oportunidad

Ciertamente, responder a las preguntas anteriores requeriría de un análisis muy profundo y daría material suficiente para llenar algunas decenas o cientos de libros, pero lo que sí es preciso rescatar aquí, es la increíble ocasión que nos ha brindado la crisis para identificar las áreas de oportunidad, observar la manera en la que los sistemas han tenido que flexibilizarse y cambiar y lo más importante… ¿Hacia dónde debe dirigirse la transformación en los próximos años? 

Conseguir un título vs crear un verdadero impacto en el mundo

En este mismo instante, muchas instituciones, brillantes académicos, emprendedores visionarios y jóvenes inquietos que perciben el cambio como una prioridad, ya están haciendo esfuerzos por llevar los sistemas y modelos educativos un paso adelante: buscando soluciones, planeando estrategias y creando realidades, para que el verdadero objetivo de la educación pueda lograrse: que cada egresado de cada Universidad sea un agente de cambio, que sus ideas cuenten, que sus acciones cuenten y que impacten el mundo desde cualquier lugar en que elijan estar.

Entre los aprendizajes que nos ha dejado esta Pandemia y que debemos tratar de aplicar de manera inmediata en la consecución de esta evolución educativa, se encuentran:

  • La educación online y a distancia SI FUNCIONA, ya que no sólo favorece el aprendizaje desde cualquier dispositivo y lugar, sino que abre las puertas a una educación global en la que los intereses específicos pueden ser cubiertos con mayor facilidad y a bajo coste. Gobiernos e instituciones deben darse cuenta de la imperiosa necesidad de crear presupuestos para la educación a partir de las herramientas tecnológicas, mejorar redes y comunicaciones, invertir en infraestructura, hardware y software, capacitar a los docentes y apostar por dar el paso que falta para ser parte del futuro que no sólo se convirtió en un impostergable presente, sino que hoy ya nos rebasa. 
  • Enfocar los modelos en la autonomía del aprendizaje, empoderar a los jóvenes para hacerse responsables de su educación y comprender que el rol del maestro debe transformarse en el de guía, mentor y coach de vida. 
  • Rediseñar los planes y programas educativos con el objetivo de “quitar la paja” para garantizar que los aprendizajes sean realmente significativos y de calidad pero además, considerando como prioritarias las habilidades que deben definir a un ciudadano de este siglo y de los tiempos por venir; entre muchas otras: 
  • Respeto por sí mismos y por el planeta.
  • Habilidades socioemocionales y desarrollo espiritual.
  • Emprendimiento y liderazgo.
  • Trabajo en equipo.
  • Desarrollar un proyecto de vida de calidad.
  • Estrategias para la búsqueda de la prosperidad, la felicidad y el bienestar de sí mismos, de su comunidad, de su país y del mundo.
  • Favorecer el acceso a la educación reduciendo los costos, proponiendo nuevos esquemas, desarrollando nuevos proyectos, creando acuerdos o intercambios justos y aprovechando el talento de las nuevas generaciones como una oportunidad para que todos ganen.

COVID 19: el gran catalizador de la evolución educativa

Además del virus, nada de lo que estamos viendo y viviendo es historia nueva: hacía mucho tiempo ya que la educación estaba en crisis, desde hace varios años se realizan investigaciones, se buscan estrategias y se proponen soluciones; los viejos modelos se adaptan o se inventan nuevos y la tecnología ya se había hecho parte ya de la educación en muchos lugares y de muchas maneras. 

Sin embargo, el gran salto evolutivo que podíamos vislumbrar en quizá dos o tres décadas, se ha visto hoy apresurado (como si de un explosivo catalizador se tratara) por lo que ese diminuto ser, que no distingue razas, edades o clases sociales, ha causado. 

Nuestro papel, como instituciones educativas de nivel básico o medio superior, en todo esto, es observar con inteligencia y determinación lo que sucede, hacernos parte de ese cambio, reconocer que en nosotros recae la parte más importante de la renovación y asumir que es en nuestras aulas (físicas o virtuales) donde debe sembrarse la semilla que lleve a nuestros niños y jóvenes a convertirse en universitarios listos para definir su presente, construir su futuro e impactar el mundo positivamente.

Alejandra Ruiz S.

Directora General