¿Suicidio en niños y adolescentes? La consecuencia “silenciosa” de la Pandemia.

De acuerdo con el informe “Impacto de la pandemia en niñas y niños”, presentado por el Gobierno Federal en agosto de 2021, además de las diversas consecuencias físicas, emocionales, psicológicas y educativas, que la pandemia ha dejando y sigue alimentando en este sector de la población, el suicidio se perfila como una de las más alarmantes. 

Los hechos 

Dicho informe indica que, hasta esa fecha, las estadísticas arrojaban que: 

  • El suicido infantil y juvenil había alcanzado ya, durante el 2021, la cifra récord de 1150 casos, lo que representaba un aumento del 12% con respecto al 2019. 
  • El suicido de niños entre 10 y 14 años, se incrementó 37%. 
  • El de adolescentes de 15 a 19 años, 12%. 
  • El pensamiento suicida en general aumentó del 5.1 al 6.9%. 
  • La conducta suicida, por su parte, se elevó del 3.9 al 6%. 

Al día de hoy, a 6 meses de presentado el informe, aún no tenemos cifras exactas actualizadas, pero es un hecho que, lejos de disminuir, han ido aumentando. Sólo en España, por ejemplo, se reporta que los suicidios en estos rangos de edad se han triplicado. 

Las causas 

Aunque esta desafortunada conducta ya existía antes de la emergencia por COVID-19 y el confinamiento (debido a factores de riesgo como la falta de oportunidades académicas y laborales, el fracaso académico, el bajo nivel educativo de los padres, la pobreza, la violencia intrafamiliar, el aislamiento social, las escasas relaciones interpersonales, el uso de drogas, el embarazo, la violencia intrafamiliar y el bullying y ciberbullying escolar), lo cierto es que estas circunstancias vinieron a agravar el panorama, debido a la inestabilidad y los trastornos emocionales que niños y adolescentes han ido desarrollando como producto del aislamiento, el miedo y las pérdidas. 

Los cuadros de ansiedad, depresión, retraimiento y violencia se han vuelto mucho más presentes y severos que antes y esto, desde luego, ha llevado a la exaltación de los pensamientos y conductas suicidas, cuya consecuencia fatal se refleja en los datos recabados. 

La emociones de niños y jóvenes son REALES 

Una de las mayores dificultades que enfrentamos en la sociedad actual, es el pensamiento adulto generalizado que idealiza, minimiza o victimiza a niños y jóvenes como seres incapaces de entender lo que pasa, que no están listos o que no cuentan con las herramientas para enfrentar la realidad, que no tienen madurez, que son tontos o que, mientras tengan todo lo que les haga falta para satisfacer sus necesidades básicas, “no tienen por qué sentir emociones intensas y/o angustiantes” y, en muchos casos, que “no conocen lo que pasa en realidad” o “que no hay necesidad de que lo sepan”. 

¡Nada más lejos de la realidad! Niños y adolescentes tienen, no sólo la capacidad, sino el pleno derecho, de conocer la realidad, de afrontar los problemas, de identificar sus emociones y de ir construyendo una personalidad fuerte y resiliente. 

Si, además de todo, agregamos el hecho de que tienen quizá más acceso que los propios adultos a todo lo que la red y los medios masivos de comunicación nos ofrecen a cada momento (noticias, testimonios, estadísticas, experiencias reales, etc…), debemos asumir entonces que nuestra responsabilidad, como adultos, debe centrarse en ser una guía para que puedan discernir entre lo que oyen, lo que ven, lo que viven y lo que sienten, desde un lugar amoroso y con un enfoque que les ayude a procesar, digerir y canalizar sus sentimientos sanamente. 

El papel de la escuela como factor clave de la solución  

No hay duda de que una de las causas más significativas en esta desestabilización emocional de niños y jóvenes en el mundo, fue el cierre de las instituciones educativas: les impidió continuar normalmente con su desarrollo académico, los privó de la convivencia con sus pares, debilitó los vínculos amistosos y amorosos, y, lo más importante, los llevó a un aislamiento obligado que hoy, lo aceptemos o no, a pesar de la educación a distancia, de los modelos híbridos e, incluso, de la reapertura física de las escuelas, aun no hemos logrado subsanar. 

Esto se debe, mayoritariamente, a que, aunque muchos alumnos ya asisten presencialmente a sus clases, muchas escuelas no contaban con programas de desarrollo socioemocional y mucho menos con departamentos especializados que los implementaran de manera efectiva. 

¿Qué podemos esperar entonces hoy, cuando están más preocupados por cubrir los programas y tratar de paliar el rezago académico, que por lo que piensan y sienten los alumnos? 

La innegable realidad es que sólo puede haber aprendizaje cuando hay bienestar y por eso el foco de cualquier institución educativa debe esta ahí, en la parte emocional y psicológica de los alumnos. Observarlos, acompañarlos, ayudarlos y brindarles las herramientas que hoy, como nunca, necesitan para poder, en algunos casos simplemente expresar cómo se sienten en otros, los más complicados, luchar de la mejor manera con los fantasmas que los han orillado a perder el interés y las ganas de vivir. 

Focos rojos: ¿A qué debemos poner atención? 

Observar a nuestros hijos y alumnos, y escuchar lo que sienten y piensan, siempre ha sido de suma importancia para poder detectar a tiempo cualquier foco encendido. Aunado a eso, debemos estar atentos a: 

  • Cambios de cualquier índole en comportamientos, actitudes y estados de ánimo: irritabilidad, llanto, violencia, ansiedad, miedo, angustia, depresión. 
  • Cambios físicos (peso, color de piel, mirada perdida o roja, sudoración, etc.). 
  • Alteraciones en sus rutinas. 
  • Pérdida de interés en actividades (antes) placenteras. 
  • Variaciones significativas en los ciclos de sueño. 
  • Falta de higiene personal. 
  • Pensamientos o actitudes constantes de tristeza, miedo, sufrimiento, ansiedad o desesperación. 
  • Pasar demasiado tiempo en redes sociales o aislados en sus habitaciones. 
  • Falta de comunicación con familia o amigos. 
  • Uso de drogas o alcohol. 
  • Aumento de molestias físicas asociadas a causas emocionales como dolor de cabeza o de estómago y fatiga. 
  • Dificultad para concentrarse. 

¿Y cómo los ayudamos?: Construyendo un presente seguro, para un futuro feliz 

En primer lugar y lo más importante de todo, debemos asegurarnos de que nuestros hijos tengan diversos motivos para levantarse e ilusión por vivir; y a este respecto, el papel de la educación juega un rol por demás relevante: ver a sus maestros y compañeros, continuar la convivencia social, mantener su interés por aprender y su creatividad viva, son sólo algunos aspectos de invaluable ayuda. 

Además de eso, podemos, entre otras cosas: darles información clara y precisa al respecto de la realidad, procurar el contacto físico, las conversaciones y las demostraciones de afecto dentro de la familia, educarlos de verdad en valores, preferir un colegio que cuente con un programa de educación emocional y que realmente lo aplique, enseñarles el valor de la amistad y, en casos de mayor gravedad, proveerles de ayuda psicológica profesional necesaria. 

No olvidemos que padres y colegio conformamos el sostén, las redes de apoyo y los lugares seguros en los que nuestros hijos y alumnos deben y pueden encontrar las herramientas que les ayuden a fortalecer sus valores, a formar su identidad, a moldear su capacidad de decidir y a obtener la seguridad que necesitan para sortear las dificultades a las que se enfrentan en el mundo actual; y sólo si sabemos que estamos haciendo todo lo que está en nuestro poder para lograrlo, podremos sentirnos satisfechos del trabajo realizado en vez de sorprendernos, angustiarnos o simplemente voltear hacia otro lado cuando las consecuencias nos rebasen. 

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Alejandra Ruiz S. 

Directora General