El Juego del Calamar:¿Un verdadero riesgo para nuestros hijos?

Violencia, tortura, sangre y placer ante esto, son sólo algunos de los elementos que están presentes a cada minuto de los episodios de esta serie coreana. No nada más es el «programa de moda” sino la más vista en la historia de Netflix (11 millones de visualizaciones).

Según reportes de diferentes países, entre las muchas vistas que ha logrado alcanzar, un porcentaje importante se compone por niños y adolescentes de entre 8 y 18 años (cabe aclarar que en la mayoría de las naciones la recomendación general es para mayores de 16-17 años y, en ciertos casos, “sólo en compañía de sus padres”).

La pregunta obligada entonces es… ¿Por qué tantos niños están viéndola sin supervisión o incluso con ella? ¿Cómo los influencia? Y, más alarmante aún… ¿Qué puede pasar con aquellos que están intentando replicarla en sus casas o en los patios de juego?

Un cerebro en plena formación

Lo primero que debemos tener presente es que, de acuerdo con la neurociencia, el cerebro de un ser humano termina su proceso de maduración entre los 21 y los 25 años, lo que ocasiona que niños y adolescentes absorban y procesen la información de manera distinta que los adultos. Está comprobado, por ejemplo, que ante las situaciones de estrés ellos reaccionan diferente y que esto puede ocasionar, con mayor facilidad, graves trastornos de ansiedad y depresión.

Sobra decir que los niveles de violencia contenida en la serie, aunados a la manera en la que se han realizado algunas tomas pueden afectar gravemente el cerebro y la salud física y emocional de nuestros hijos.

La misma plataforma, Netflix, ha introducido una advertencia al inicio del capítulo 4 en la que se avisa sobre posibles riesgos ante el efecto estroboscópico en la audiencia fotosensible: ataques epilépticos, pérdida de conciencia y ceguera momentánea.

¿Una sociedad sin valor y sin valores?

Según críticos y expertos de diferentes disciplinas, El Juego del Calamar, intenta, ante todo, hacer una crítica al nivel de indolencia que hemos alcanzado como sociedad: el materialismo, la “cosificación» de las personas, la inmediatez, lo desechable que se ha vuelto todo (sin ningún valor), la impunidad (todo se vale) y, primordialmente la falta de valores sólidos que es patente en el mundo.

Específicamente, en relación con este juego, ya existen situaciones como:

En Bélgica alumnos de primaria y secundaria replican el juego con la variante de que el perdedor, en vez de ser asesinado, es fuertemente golpeado por sus compañeros.

En Londres hay una versión “en vivo”, con un premio de 11 000 euros, donde los participantes se eliminan usando pistolas de aire comprimido.

En España se han presentado situaciones similares y los colegios ya han prohibido que los alumnos asistan vestidos así el próximo Halloween.

Y como padres y maestros… ¿Qué podemos hacer para proteger a nuestros hijos?

Cierto que es no podemos (ni debemos) aislar a nuestros hijos del mundo y mucho menos esconderlos dentro de una burbuja de cristal (aún más difícil ahora, cuando, con nuestro permiso o no, con nuestra vigilancia o no, o con nuestros recursos o no, pueden encontrar la manera de acceder a lo que les interesa).

Lo que sí podemos hacer es informarnos y aplicar tantas estrategias como nos sea posible para que sepan analizar lo que ven, procesar la información de manera correcta y actuar con asertividad en cualquier situación a la que se enfrenten.

Lo mejor que podemos hacer para empezar es tomar en cuenta las siguientes estrategias que, más allá de los filtros parentales o de la gestión de dispositivos que muchas veces no funcionan, parten de la realidad de que con nuestra supervisión o no, hay muchas cosas a las que nuestros hijos pueden acceder hoy en día:

  1. EL JUEGO NO EXISTE SI NO HAY NADIE QUE QUIERA JUGARLO. Este es el punto más importante que debemos resaltar con nuestros hijos; dentro de la misma serie incluso, los participantes juegan por VOLUNTAD PROPIA y tienen la oportunidad de renunciar si la mayoría así lo decide, lo cual no sólo les da autonomía (colectiva), sino que además nos lleva al siguiente punto de reflexión…
    1. SIEMPRE TENEMOS LA OPCIÓN DE AYUDAR A ALGUIEN (y ayudarnos en el proceso). La capacidad de decidir nos permite elegir la opción de ayudar en vez de lastimar, los más importante es aprender a TRABAJAR EN EQUIPO por el bienestar de todos.
    1. RESCATAR LOS MENSAJES POSITIVOS HACIENDO A UN LADO EL JUICIO PARA PROMOVER LA REFLEXIÓN. Si, por la razón que sea, no podemos evitar que nuestros hijos estén en contacto con estos contenidos, lo primordial es mostrarles que no todo se trata de sentarse a ver cómo se matan y percibir la violencia como un medio de entretenimiento, sino encontrar con ellos los diversos puntos de reflexión que se encuentran implícitos ahí y ayudarles a darse cuenta de que siempre lo negativo puede transformarse en algo positivo.

¿Violencia genera violencia?

Según la psicología el principio de complementariedad nos ayuda a comprender cómo la bondad genera bondad, la honestidad, honestidad… y la violencia, indiscutiblemente, más violencia.

Sin embargo, quienes dedicamos nuestras vidas, desde el lugar de padres o maestros que nos corresponda, a formar mentes y corazones desde las más tiernas edades, sabemos también que eso puede cambiarse desde la manera en que se siembra la semilla.

Dijo alguna vez Rasheed Ogunlaruuinca que La única manera de cambiar la mente de alguien es conectar con ella a través del corazón”. Por ello, educar con el ejemplo, estar presentes para nuestros hijos y alumnos, escuchar sus inquietudes y darles las herramientas que los hagan fuertes, conscientes y responsables de sus acciones es el arma más efectiva que tenemos para formarlos como seres que luchen por la paz y rechacen la violencia en todas sus formas y manifestaciones.

Contáctanos y descubre por qué somos un colegio cuya misión es educar con un sentido humano, consolidado las emociones y fortaleciendo el corazón.

                                                                                               Alejandra Ruiz S.

                                                                                               Directora General