UN DÍA EN LOS ZAPATOS DE UN MAESTRO…

Los mitos
¡Un horario de prácticamente medio día jugando con los niños y toda la tarde libre! ¡Dos meses de vacaciones al año y además puentes y días festivos! Y por si fuera poco, ¿Un excelente sueldo por un trabajo tan fácil y que cualquiera podría hacer?
Frases como estas son las que oímos todos los días cuando se habla de la labor docente, pero no debemos dejarnos llevar por lo poco que vemos porque esos comentarios no sólo son mitos y suposiciones, sino que además la poca realidad que pudiera haber en ellos sólo es la pequeña punta de un iceberg gigantesco.
Un buen maestro tiene ojos de águila, habla con los ojos y penetra el corazón de sus alumnos, siente pasión por lo que hace y los inspira, diseña sus sueños, moldea sus pensamientos, ríe con ellos, juega con ellos, come con ellos, los hace viajar a lugares lejanos sin salir del salón. Comparte sus conocimientos pero impulsa la curiosidad y el deseo por aprender. Es un modelo y un ejemplo, pero también es un amigo. Canta, da marometas, realiza disecciones, o se ensucia en lodo sólo para que ellos comprendan mejor.
Un buen maestro cree en sus alumnos y convierte su labor en un acto de fe.

Padres y maestros: somos del mismo equipo.
En la actualidad, dar a la docencia el gran valor que realmente tiene como profesión, es un acto que sólo puede provenir de la confianza y el respeto que los padres depositen en los profesores de sus hijos.
Si ellos parten del hecho de que los maestros realizan su trabajo porque tienen verdadera vocación y amor a lo que hacen y a sus estudiantes, encontrarán que es claro que el objetivo de ambas partes es el mismo y que la única manera de lograr que nuestros alumnos tengan una educación integral es trabajado a la par y confiando mutuamente.
Según diversas encuestas e investigaciones están son las 10 cosas que los profesores desearían que los padres comprendan y compartan con ellos:
1. Amo y respeto a tus hijos/as tanto como si fueran propios, los conozco y trato de ayudarlos a ser mejores.
2. Trabajo muchas más horas de lo que puedes ver para que mis alumnos tengan lo mejor.
3. Pienso en el bienestar de mis alumnos más allá del mío propio.
4. Mi principal objetivo es que mis alumnos tengan éxito en el colegio y en la vida.
5. Trabajo por amor a lo que hago y no sólo por una remuneración económica.
6. Muchas veces enfrento situaciones complicadas porque cada uno de mis alumnos tiene problemas y necesidades diferentes.
7. No sólo aporto mi tiempo de trabajo y mi tiempo libre por el bien de la clase, a veces también doy mis propios recursos pero lo hago con amor y cariño a mis alumnos.
8. No soy tu enemigo y quisiera que me apoyes y juntos seamos un equipo.
9. La necesidades de tus hijos/as siempre son más importantes que las mías.
10. No importan los retos o las dificultades que se presenten, hago mi trabajo con amor.

Devolver a los docentes la figura de autoridad
Lejos están ya los tiempos en que los maestros eran amados y respetados, no sólo por sus alumnos sino por la sociedad en general.
Los motivos pueden ser diversos pero es imperativo comprender que la educación de calidad es el único medio que puede llevarnos a crecer como sociedad y como especie humana y que son los docentes quienes tienen sobre sus hombros la gran responsabilidad de lograr ese mundo mejor al ser formadores de mentes y de almas, de seres humanos con valores, íntegros y responsables de su persona y del bienestar de los demás.
Es por eso que es también obligación de las familias volver a darles esa figura de autoridad y de respeto, desde el amor que ambas partes sienten por nuestros niños y desde el objetivo común que es lograr desarrollar esos ciudadanos exitosos y profesionales, con grandes corazones y con un sentido claro de respeto por sus semejantes.

¿y si nos ponemos sus zapatos?…
El investigador
Todo empieza la tarde anterior, el fin de semana o incluso el periodo vacacional previo a las clases, cuando el horario de trabajo no existe y el tiempo libre se dedica a planificar las actividades, a buscar los mejores materiales, los más divertidos e interesantes, cuando las horas pasan leyendo y diseñando y cuando el maestro se convierte en investigador experto para lograr los mejores resultados con sus niños.
El psicólogo
Y luego llega la mañana, cuando al recibir a uno de sus alumnos, el profesor se da cuenta de que hoy hay tristeza en su mirada. Es entonces cuando, sin ser psicólogo o doctor, es capaz de diagnosticar de la manera más empática y amorosa cuál es el origen del problema y le ayuda a su alumno a creer en sí mismo, a encontrar soluciones y a saber que todo estará bien.
El acompañante
Al transcurrir el día viene la formación, rezar y dar gracias juntos, avanzar a los salones y comenzar el día, cuando todos los alumnos siguen las instrucciones que el profesor les da, porque sin que sea necesario ser un jefe importante, ellos lo ven como un líder, como un guía, como su modelo a seguir y como el acompañante que los lleva de la mano con amor.
El mago
Y luego, claro, llegan los inconvenientes: ¡Se fue la luz, no sirve la tableta, fulanito o menganita no trajeron material…! Y justo cuando parece que todo está a punto de volverse un caos, el maestro se transforma en mago, haciendo que todo fluya sin problemas y utilizando los recursos que saca de su sombrero para que la clase no sólo no se detenga, sino que sea aún más productiva y no dejemos de aprender.
El artista
Cantar, bailar, actuar, dibujar y si es necesario, realizar actos casi circenses para que cada niño o cada adolescente en el salón encuentre la mejor manera de comprender y disfrutar el día, son algunas de las muchas cosas que hay que hacer. Y si queda un respiro, no hay nada como cerrar la clase con un proyecto cinematográfico. ¡También él sabe ser un director de cine!

El arquitecto
A lo largo del día, el profesor no sólo transmite conocimientos, califica trabajos, corrige, inspira, motiva, comprende, tiene juntas, ensaya ceremonias, cura heridas, acompaña, cuida cosas, ayuda, resuelve, comparte, presta, prepara, juega o ejercita la paciencia como un profesional.
A través de todas estas cosas el profesor se vuelve un arquitecto de vidas, de sueños y de valores. Diseña y participa en la construcción del aprendizaje de sus alumnos porque sabe que tiene una responsabilidad mayor que la de un médico, un bombero o un empresario: no está curando cuerpos, salvando vidas o vendiendo cosas.
Está moldeando corazones y proyectos de vida. Ese es el verdadero fin de su labor y es un trabajo que realiza con toda su fe y su pasión.

El amigo
Al llegar el receso, todos están ansiosos por encontrar un momento de descanso y diversión, pero el maestro sabe que esa es la oportunidad perfecta en que puede compartir instantes fraternales con sus queridos alumnos.
Entonces se convierte en el mejor amigo de la clase. Come con ellos, juega con ellos, escucha lo que tienen que decir o simplemente les hace saber que está a su lado como un miembro más de su equipo. Así fortalece los vínculos de amor y de confianza y les da la seguridad que ellos necesitan para sentirse seguros a la hora de aprender.
Claro que llega el momento en que suena la campana y tiene que retomar fuerzas, cambiar el chip y estar fresco de nuevo para volver a empezar con alegría con el grupo siguiente, hasta que llegue el toque de salida…

El estudiante
Hasta aquí, podríamos pensar que la jornada del profesor ha terminado y que podrá irse como todos a descansar y a pasar tiempo con su familia o amigos.
La realidad es que la segunda parte del día apenas ha empezado. Es ahora cuando él debe prepararse para tener juntas con otros compañeros, volver a hacer trabajo de investigación, diseño o planeación y en varios días de la semana transformarse él también en alumno para capacitarse, tomar cursos, ser evaluado y realizar trabajos que lo actualicen de manera constante y lo vuelvan aún mejor docente cada día.
¡Y sólo se trata de conocimientos, se trata también de ponerse en el lugar de sus alumnos y recordar cómo es estar del otro lado!


 

Alejandra Ruiz S.
Directora General