¿Niños hiperregalados = Adultos frustrados?

El fin de la temporada navideña y el inicio de un nuevo año, nos dan el pretexto perfecto para reflexionar acerca de la manera en la que estamos formando a nuestros hijos.

De la misma forma en la que el cuerpo, cuando es sobreestimulado, deja de sentir, los niños que reciben regalos a manos llenas pierden la capacidad de asombro, la emoción por recibir y desgraciadamente, empiezan a desarrollar rasgos de personalidad relacionados con la poca tolerancia a la frustración y la incapacidad para comprender el valor de las cosas.

 

”Quiero darles lo que yo no tuve”…

Un sin fin de razones se esconden detrás del hecho de colmar de regalos a nuestros hijos: compensar el tiempo que no podemos darles, hacer “trueques” con ellos para tratar de mejorar o controlar sus comportamientos o incluso premiarlos por logros alcanzados o simplemente por cumplir con sus responsabilidades.

Pero, sin lugar a dudas, el común denominador en la mayoría de las familias es querer demostrarles amor proporcionándoles todos los bienes materiales que nosotros no pudimos tener y que creemos (sólo como creencia porque al final del día no nos hicieron falta) ellos necesitan.

 

 

”Que no los hagan menos”…

Del otro lado del amplio espectro de motivos por los que hiperregalamos a nuestros pequeños, está la cuestión social: desde los padres que queremos demostrar lo pendientes que estamos de ellos, los que deseamos que nuestro hijo tenga “lo mejor” para que pueda pertenecer a cierto grupo social, hasta los padres divorciados que establecen una competencia de “poder-amor” “culpa/amor” a través de las cosas que cada uno obsequia o proporciona a los hijos.

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“¿Y mi futuro qué?”…

Cuando perdemos el control sobre la cantidad (y/o precio) de lo que damos como padres dejamos de dimensionar no sólo el daño que hacemos en la formación de la identidad de los pequeños sino incluso a nuestro propio futuro:

es tan sencillo como pensar que para un niño que a los 9-10 años tiene un teléfono o dispositivo que cuesta $15000 pesos , a los 15-16 un traje que vale $30,000 y a los 18 un auto de $500,000 al salir de la Universidad no habrá trabajo para el que pueda sustentar su estilo de vida y mucho menos dejará nunca el seno familiar ya que no podrá ni pagar la renta del penthouse que “¡necesita!”. En resumidas cuentas, no encontrará trabajo que lo merezca, ni puesto que le pague lo que cree que vale, porque le han hecho sentir que vale más que todos, que es el más inteligente, el más creativo y el mas guapo (a).

 

Como padres tenemos la obligación de pensar también en su futuro a largo plazo. Y si lo hacemos con amor y seriedad, podremos estar seguros de que, el día de mañana, cuando ellos mismos quieran formar una familia, el mejor regalo que pudimos darles será contar con las herramientas y desarrollar las habilidades para poder lograrlo.

 

“Entonces… ¿Cómo le hago?”…

El Dr. Santiago Duque, así como otros reconocidos especialistas sobre el tema, nos proponen algunas estrategias para que aprendamos a regalar de manera sana a nuestros hijos y de esta manera los ayudemos a crecer disfrutando de su infancia, valorando las cosas y sintiéndose afortunados de lo que reciben.

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Dar a nuestros hijos todo lo que nos piden y olvidar los límites para “hacerlos felices” no nos hace mejores padres ni aumenta el amor que sentimos por ellos.

Si buscamos un poco en nuestro baúl de la memoria, encontraremos que los más hermosos recuerdos al lado de nuestros padres en la infancia, no están el día en que nos dieron una avalancha de juguetes y demás regalos, sino en los momentos que compartimos con ellos, aprendiendo a compartir, a amar y a fortalecer el corazón de nuestra familia.

Hoy podemos aprovechar para limpiar closets, sacar juguetes que ya no usan, donarlos a fundaciones o ayudar a los que menos tienen, y de esta forma empezar a formar niños que sepan dar, desarrollando la empatía y aprendiendo a desprenderse de los objetos materiales.

Alejandra Ruiz S.

Directora General