¿Jugar o no jugar? Más que un dilema, un paradigma en la educación

Jugar en el recreo, jugar en casa, jugar en el salón, jugar fuera de él. En la calle, en el parque, en cualquier sitio que se nos ocurra y con cualquier objeto que se encuentre a la mano: ¡Jugar, jugar, jugar! es la clave de un exitoso desarrollo de las habilidades, competencias, actitudes y procesos de aprendizaje exitosos.

El juego es inherente al ser humano, es una especie de mecanismo diseñado por la naturaleza para enseñarnos a aprender y a sobrevivir. Un medio poderoso, a través del cual, nuestros hijos empiezan a conocer el mundo y a relacionarse con él, incluso antes de poder hablar. Mediante el juego, vamos adquiriendo capacidades lingüísticas, aprendemos a identificar emociones, desarrollamos nuestros sentidos, nuestras capacidades físicas y motoras y lo más importante: vamos aprendiendo a conocernos a nosotros mismos.

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Los beneficios de promover el juego con nuestros hijos

Son tantas las ventajas que nos ofrece el juego para el sano y feliz desarrollo de nuestros hijos, que la lista podría ser interminable. Mencionaremos aquí algunos de los más importantes:

  • Desarrollo de competencias académicas y otras (no cognitivas). Sólo por mencionar algunas: Verbalización, vocabulario, comprensión de lenguaje, concentración, imaginación, creatividad, fantasía, atención, resolución de problemas, memoria, apertura sensorial, cooperación, empatía, trabajo en equipo, pertenencia un grupo, control de impulsos, conocimiento metalingüístico, matemáticas, coordinación psicomotriz, valores y un muy largo etcétera.

 

  • Simulación del mundo real y competitividad controlada. Aprender reglas, enfrentar y vencer obstáculos o conflictos, diseñar estrategias, tomar decisiones, adoptar roles específicos, tolerar, compartir, ganar o perder. A través del juego nuestros niños y jóvenes se van preparando para los retos que les presentará la vida real y van adquiriendo herramientas que les ayudarán a enfrentarse a ellos de manera asertiva y satisfactoria.

 

  • Socialización, trabajo en equipo y actitud positiva. Jugando conocemos y encontramos a nuestros mejores amigos, los que tal vez nos acompañarán toda la vida. Aprendemos a relacionarnos con los demás, a ver al otro desde la empatía, a trabajar en, por y para el equipo, a cerrar filas como uno sólo en las buenas y en las malas, a valorar esfuerzo personal y el de los demás y a generar una buena actitud a partir del aprendizaje mutuo, de las risas, las experiencias, los triunfos y los fracasos.
  • Capacidad de observación, lenguaje corporal y atención al detalle. En los juegos todo pasa muy rápido, por lo que nuestros hijos van fortaleciendo su capacidad de observar, registrar detalles y leer al otro para poder predecir los siguientes pasos o jugadas. Esta capacidad de atención no sólo les ayuda en el juego mismo, sino que les permite permanecer enfocados cuando realizan actividades académicas intelectuales que requieren mayor concentración.

“El niño que no juega, no es niño…. 

pero el hombre que no juega, 

perdió para siempre al niño que vivía en él 

                      y que le hará mucha falta”. 

                                                -Pablo Neruda-

 

Jugar en familia, la mejor manera de enseñar- aprender

La conocida pedagoga, Pauline Kergomard, solía decir que “El juego es el trabajo del niño, su oficio, su vida” y es responsabilidad de nosotros como adultos no sólo el promover que jueguen tanto como puedan, sino compartir el juego con ellos. Esto, además de todos los beneficios que ya mencionamos anteriormente, nos ayudará a fortalecer los vínculos y valores familiares y a ayudarles a fortalecer su autoestima a partir de la confianza y la seguridad que les damos al compartir con ellos.

Ya sea que tengamos hijos pequeños o adolescentes debemos fomentar que nunca dejen de jugar y de aprender jugando. Encontraremos que hasta para nosotros será una actividad que nos renovará, nos mantendrá activos y vitales, y nos regresará la capacidad de divertirnos y asombrarnos como hace algún tiempo ya que no lo hacíamos.

 

Alejandra Ruiz S.

Directora General