El mito del talento: ¿Aptitud o actitud?

¿Nacemos o nos hacemos?
Medallas de oro en las olimpiadas, premios Nobel, concertistas, científicos, escritores, bailarines o pintores geniales… ¿Es verdad que nacen con un “don especial”?
Según una frase atribuida tanto a Thomas A. Edison, como a Albert Einstein, “El genio es resultado de un 1% de inspiración y un 99% de transpiración” y el propio Michelangelo decía: “Si la gente supiera lo duro que tuve que trabajar para ganar mi maestría, no les parecería todo tan maravilloso”.
 

El mito del talento está basado en la idea equivocada de que todos aquellos que logran grandes cosas, nacieron con mayor aptitud para algo en especial, casi como si los genes correctos pudieran darnos esa certeza o como si el éxito, más allá de la práctica constante, se diera en ciertos seres humanos como por arte de magia.

Por supuesto que algunos podemos nacer con cierta predisposición o talento nato hacia algunas disciplinas, pero el camino por recorrer es largo cuando pensamos en los grandes seres que admiramos ya que de alguna forma han cambiado la historia del mundo.

Pero… ¿En verdad nuestro cerebro es diferente al de Einstein, Phelps o Gandhi?

En términos estructurales, al momento de nacer, todos los seres humanos sanos poseemos un cerebro prácticamente igual al de todos los demás, sin embargo, debido a la Neuroplasticidad, a partir de la práctica, la repetición y el entrenamiento vamos modificando esa estructura, es decir vamos “entrenando al talento”.

La diferencia significativa entre un ser humano común y un genio entonces, no es otra más que el tiempo que dedicamos a desarrollar, incrementar y pulir nuestras habilidades y la constancia con la que lo hacemos.

Y, además, es imposible ignorar el hecho en el que las más grandes mentes del mundo han coincidido a través de la historia: no nacieron mejores, se hicieron mejores a través de su actitud, su determinación, su constancia y su extraordinaria disciplina.

Muchos de ellos nacieron en circunstancias difíciles, sin los medios necesarios, la pasaron mal en la escuela o fueron rechazados por las universidades o empresas prestigiosas.

Sin embargo, la constante en todos los casos es sólo una: trabajo duro.

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Si lo quieres (y estás dispuesto a trabajar por ello), lo tienes

En el Colegio Mazenod estamos convencidos de que si nuestros alumnos saben lo que quieren, si tienen la determinación para trabajar duro durante horas y horas por su sueño, si poseen el temple para no permitir que nadie se interponga y les diga que no pueden…

Y si, y sólo si, cuentan con la capacidad de hacer a un lado cualquier excusa que los pueda frenar, entonces les podremos dar la certeza de que su meta no sólo es probable y posible, sino segura, y que cada hora de práctica, cada litro de sudor, cada repetición de un experimento o cada párrafo que borran o escriben de nuevo, los acerca rápidamente a ser el nuevo genio, atleta o artista que la humanidad recordará en los días por venir.

Alejandra Ruiz S.

Directora General