Corazones que aman lo que hacen = Mentes que transforman el mundo

El ciclo escolar recién comienza y es justo en este momento en el que los colegios y los padres de familia debemos detenernos a reflexionar en el por qué de lo que hacemos, en el cómo lo estamos haciendo y en el para qué (o, al tratarse de una labor que implica ser responsables de mentes y almas, deberíamos decir para quién) queremos hacerlo.

 

Padres y profesores que aman su trabajo

Todos conocemos nuestras responsabilidades, somos conscientes de que debemos levantarnos, enfrentar el tráfico, llegar a la escuela u oficina, cumplir con nuestras labores, satisfacer al cliente, sumirnos de nuevo en el tráfico y volver a casa a seguir cumpliendo con mas y más obligaciones que parecen no terminar nunca…

Pero… En medio de esa vorágine de actividades que aparentemente nos dan un lugar en la sociedad y que parecen definir nuestra identidad como personas, ¿tenemos tiempo para pensar en los porqués? ¿Hemos reflexionado alguna vez sobre si amamos nuestro trabajo, nuestra vida, nuestro quehacer diario?

 

Amar nuestro trabajo no se trata de nosotros mismos y de lo buenos que podamos llegar a ser en algo, sino de nuestra capacidad de hacer el bien a otros y de brindarles lo mejor de nuestro ser.

No se trata de ejecutar algo, sino de hacer la diferencia.

No se trata de despertar para salir a trabajar, sino de hacerlo para agradecer y motivar a los demás.

No es cuestión de estabilidad económica o social, sino de estar dispuesto a arriesgarse para atreverse a soñar e inspirar sueños.

Ama su trabajo el médico que no cura enfermedades, sino que regala oportunidades y esperanza; ama su trabajo el arquitecto que no construye espacios, sino que forja hogares, ama su trabajo el campesino que no produce alimento, sino que siembra vida; ama su trabajo el maestro que no busca enseñar, sino abrir corazones que se enamoren del saber y de la vida.

Y ama su trabajo el padre (madre) que sabe que la mejor manera de trascender en el alma de sus hijos es siendo un modelo de amor y de vida en todas sus ideas, palabras y acciones.

 

Niños que aman su colegio

Amar nuestro trabajo, entonces, se vuelve una acción que impacta, penetra y se refleja en otros, provocando una reacción en cadena que no sólo cambia nuestro propio ser, sino que va transformando todo lo que nos rodea y todo lo que rodea a los que nos rodean.

 

Entonces, desde el lugar en el que nos corresponde estar como instituciones educativas y como padres de familia, descubrimos que tenemos hijos y alumnos, que aman su colegio y que aman aprender, niños y jóvenes que creen en sí mismos y en sus capacidades, que saben darse a los demás, que no agreden, que no juzgan, que no reprueban. Niños felices por el solo hecho de saber amar lo que hacen.

Esta debe ser la premisa de la educación para el futuro, que ya empezó hoy.

 

La fórmula científica del amor

Pero más allá de los eufemismos o de las palabras inspiradoras, resulta ser que el amor y la felicidad pueden crearse de una manera práctica, precisa y, lo más importante, científica.

A partir de nuestra química cerebral y de la disposición que tengamos para transformar nuestro entorno, algunos de los tips que nos ofrece la ciencia son:

 

  • Para generar dopamina: Dormir lo suficiente, hacer ejercicio, celebrar nuestros logros y los de los demás.
  • Para generar oxitocina: Meditar, abrazar a los otros, realizar actos de generosidad.
  • Para generar serotonina: Agradecerlo todo y todos los días, disfrutar de la naturaleza, evocar los buenos recuerdos.
  • Para generar endorfinas: Reír, bailar, cantar, practicar los hobbies que nos gusten.

 

 

Hacer del amor la moneda de cambio del siglo XXI

Amar lo que hacemos no se trata de retribución, al menos no económica. Y amar lo que hacemos. como educadores de este momento histórico social, nos vuelve portadores de una gran responsabilidad. Entonces la pregunta queda clara en el panorama de qué es lo que queremos dar y recibir:

¿Queremos maestros, padres, administradores y alumnos que sepan que 1+1 es igual a 2 (haciendo estadísticas, contando recursos y acumulando conocimientos), o queremos seres humanos que sepan que 1+1 también suma 1, cuando los corazones y las voluntades se unen con el único propósito de hacer el bien a los demás (y por ende, al mundo en el que vivimos)?

 

Alejandra Ruiz S.

Directora General