Conflictos entre hermanos: ¿por qué se generan y cómo podemos evitarlos?

Fomentar un vínculo sano y amoroso entre hermanos es esencial en el mundo de hoy. Los hermanos constituyen el primer apoyo que tenemos (o debemos tener), con ellos formamos los primeros vínculos de nuestras vidas y de esa manera aprendemos a relacionarnos con el mundo; compartimos alegrías, momentos de juego y de aprendizaje y se convierten en nuestro sostén en los tiempos de adversidad.

Desgraciadamente, no todos tenemos la oportunidad de disfrutar a plenitud de ese tesoro o bien, podemos observar los terribles enfrentamientos que se producen a la edad adulta, como producto de repartición de herencias, organización de eventos, manejo de empresas familiares, etc., los cuales suelen terminar en distanciamientos definitivos, en el peor (o a veces en el mejor) de los casos.

 

La rivalidad empieza en la familia

Cierto es que no existe un manual para convertirse en el padre/madre perfecto y también lo es el hecho de que todos deseamos lo mejor para los hijos y enfocamos nuestras mejores intenciones y esfuerzos para lograr su bienestar. Sin embargo, no necesitamos de gran ciencia para darnos cuenta de que los conflictos entre hermanos, desde lo más simple (y que pareciera sin importancia) hasta lo más complejo, empieza en el seno familiar, desde las más tiernas edades y, casi siempre, como resultado de los comportamientos, actitudes y palabras que nosotros, como padres, les vamos enseñando.

Al final, este conjunto de acciones van formando la personalidad de cada uno y determinando la manera en la que irán estableciendo los vínculos emocionales con sus pares.

 

Pero entonces… ¿Cómo se originan los conflictos y cómo evitarlos (en la medida de lo posible)?

 

  • El número de hijo y el rol que se otorga a partir de eso. No es lo mismo ser el hijo mayor (en el que se depositan inicialmente todas las expectativas, al que se le dan todos los cuidados, e encargado a aveces de cuidar el apellido y el sinos familiar…) que el de en medio o “el sandwich” (el que aprende del mayor, al que le toca todo lo “heredado” y al que ya no se protege con tanto cuidado porque ya aprendimos por la experiencia que no es necesario “tanto alboroto) y ni qué decir del pequeño (al que, generalmente, por ser el “chiquito” se le consiente más, se le da todo y se le permite todo, generado situaciones incluso de tiranía en el hogar).

Lo ideal sería comprender que la edad de cada hijo, el momento en el que llega y la propia experiencia al ir creciendo como padres, siempre serán factores determinantes a la hora de educar, pero la clave radica en entender que son diferentes (más allá de la edad biológica) y evitar imponerles roles que, a futuro, no podrán cumplir o bien, llevarán llevarán como una carga que los acompañará toda la vida.

 

  • La afinidad que se tenga entre padres e hijos. Es una realidad que todos los seres humanos somos diferentes y, aunque el vínculo amoroso hacia los hijos existe y hasta podría decirse que es igual, con la misma abundancia e igualmente profundo para todos, no sucede así con la afinidad que podemos encontrar con alguno (s) de ellos. No se trata de que un hijo sea el “favorito”, sino de que inevitablemente nos sentiremos más identificados con algunos aspectos de la personalidad de alguno de ellos. Esto, no obstante y aunque no se tenga la intención consciente, nos llevará a establecer diferencias que en ocasiones resultan poco gratas para la parte afectada.

Lo más sano será entonces, aceptar que esa manera diversa de relacionarnos con ellos y comportarnos de manera natural procurando no dar más a uno porque “nos cae mejor” ni al otro para tratar de compensar la falta de afinidad que podamos tener con él.

 

  • Las expectativas que generamos para ellos. Es común sentir que nuestros retoños son la versión mejorada de nosotros mismos y por esa razón, igual de común es el hecho de desear que “logren lo que nosotros no pudimos” o de “darles lo que no tuvimos” en el afán de que esto ayude a que crezcan de una mejor manera. Ni son nuestros “minimi” ni tienen la obligación de recrear o construir nuestros proyectos de vida.

Ayudémoslos mejor a crecer sin misiones impuestas, a ser reflexivos en cuanto a sus acciones y asertivos con sus decisiones para que puedan diseñar un proyecto de vida propio y exitoso.

 

  • Las etiquetas y creencias que les imponemos. ¿Cuántas veces nos hemos encontrado en la vida con “el flaco”, “la bonita”, “la fuerte”, “el burro”, “la más lista” o “el terrible”?Contrariamente a lo que pudiéramos pensar, estas no son características que los niños van adquiriendo como parte de su desarrollo, sino etiquetas que los mismos padres vamos poniendo en los hijos, en ocasiones, casi desde que acaban de nacer. Desgraciadamente, este tipo de rasgos y creencias que les “otorgamos” no se quedan sólo en la familia, sino que se extienden al colegio en primera instancia, más tarde al trabajo y el circulo social y, finalmente a la vida entera como si de un decreto inquebrantable se tratará. ¿De verdad queremos eso para ellos?

Dejemos a nuestros hijos encontrar y desarrollar si propia identidad evitando marcarlos con nuestra percepción, expectativas, miedos y deseos. Quizá nos encontremos con que la que estaba destinada a ser “la fea” se convirtió en la mujer más plena y “el terrible” en el mejor líder…

 

  • La falta de equidad en lo que les brindamos. La confusión entre los términos equidad e igual es por demás conocida. Es cierto que muchos padres se esfuerzan por querer, tratar y educar a sus hijos de la misma forma, pero ¿qué pasa cuando nos damos cuenta de que esto no funciona por el simple hecho de que no son iguales?

La importancia de educar con equidad es que nos permitirá dar a cada uno lo que requiere a partir de sus propias diferencias y necesidades esto, inevitablemente, ayudará a que crezcan sabiéndose amados de la manera en la que (inconscientemente) nos lo piden.

 

  • Dar a un solo hijo el poder de decidir en y por la familia. Cuando, queriendo o no, establecemos competencias, roles de poder, figuras de autoridad y otorgamos la capacidad de decidir entre nuestros hijos, los conflictos se presentarán de manera inmediata. Darles (y aún peor cuando es a uno solo) el poder de dominar a la familia, sólo los convierte en pequeños tiranos con una versión tergiversada de la realidad.

Lo más importante es recordar que esos roles le corresponden sólo a los padres y permitir que los hijos crezcan como lo que son, niños que deben preocuparse sólo por divertirse, crecer en un entorno amoroso y desarrollar su curiosidad por aprender y conocer el mundo desde una perspectiva libre de manipulaciones.

 

La familia como elemento clave en el fortalecimiento de la armonía social

Encontrar el equilibrio a la hora de educar en familia no es cosa fácil, pero si tomamos en cuenta los elementos anteriores, si nos hacemos responsables de nuestro rol como padres y adultos y si volteamos a ver nuestra historia familiar y aprendemos de ella, estaremos más preparados para proveer una formación con vínculos y valores más sólidos, más fuertes y efectivos, y estaremos garantizando también, por un lado, que las redes de apoyo de nuestros hijos sean igualmente fuertes y duraderas y, por el otro, que el mundo y la sociedad en que vivimos se llenen de la armonía, la paz y la empatía que tanto necesitan.

 

Alejandra Ruiz S.

Directora General